jueves, 26 de enero de 2017

EL MUNDO QUE VIENE


Crónicas de Europa

Por Josep Borrell. Expresidente del Parlamento Europeo

El mundo que viene


Trump
Los acontecimientos se precipitan en una semana que cabe calificar de histórica porque en ella ha empezado a cambiar su rumbo. Hemos visto, y oído, al nuevo Presidente de EE.UU. anunciar en un discurso nacionalista y proteccionista el inicio de un nuevo milenio que “cambiara el curso de los Estados Unidos y el mundo durante muchos años”. Leer +


No sabemos cómo será el resultado, pero es seguro que va a cambiar el orden mundial que surgió del fin de la guerra fría y de la globalización comercial. Hemos visto a una premier británica anunciando un hard Brexit para retirar al Reino Unido de la UE. En Francia hemos asistido a una nueva sorpresa electoral con Benoit Hamon, el más radicalmente a la izquierda de entre los candidatos en las primarias socialistas llegar en primera posición en la primera vuelta y con fuertes posibilidades de ganar en la segunda. Y en Davos, entre lamentos de los occidentales por el fin de la globalización, el presidente de China Xi Jinping se erige en campeón del libre comercio advirtiendo a Trump que nada bueno saldrá de sus propuestas proteccionistas.
Pero no parece que sus advertencias le hayan impresionado porque entre sus primeros actos ejecutivos como Presidente ha retirado a EE.UU. del TPP, el Pacto del Pacifico, un gran acuerdo comercial entre 12 países de la cuenca del Pacifico que no había sido todavía ratificado por el Congreso.
Bien es cierto que China no era parte de ese acuerdo. Pero, junto con la advertencia de que va a revisar el Tratado de libre comercio con México y Canadá, aprobado en 1994 con Clinton en la Casa Blanca, es un claro cambio de rumbo en la globalización que no dejara de afectar a China. Trump cumple así su promesa electoral a los trabajadores americanos que se sienten perjudicados por la apertura comercial que había impulsado Obama, curiosamente con más apoyo de los congresistas republicanos que de los de su propio partido.
El cambio es paradójico. Lo compruebo cuando estoy a punto de usar un viejo periódico, el Le Monde del 27 de junio del 2015, para encender la chimenea. Un artículo sobre Obama, el comercio y la democracia, me llama la atención y le salva del fuego. Me recuerda que en ese día de junio, el Congreso americano, después de una larga discusión, había autorizado a Obama a utilizar el “fast track” para negociar los dos acuerdos comerciales, el transpacífico y el transatlántico, que eran, junto con el acuerdo nuclear con Irán y el fin de la beligerancia con Cuba, la parte más importante de la herencia que Obama quería dejar en política internacional.
Por el “fast track”, la administración americana negocia los acuerdos comerciales y el Congreso los aprueba o rechaza en bloque, sin poder introducir enmiendas. El objetivo de Obama estaba claro tanto en términos políticos como económicos. Sobre todo en el Pacifico, donde se trataba de estrechar las relaciones con sus aliados ante las ambiciones territoriales de China que no han hecho sino crecer desde entonces. Obama defendía también la dimensión social de esos acuerdos, comprometiéndose a introducir clausulas exigentes en lo que se refiere al derecho laboral, la salud y el medio ambiente. Creía que así se podrían imponer normas en estas materias en el comercio internacional, antes de que al final China acabase imponiendo las suyas a niveles mucho más bajos.
Los republicanos, mucho más librecambistas, estaban claramente a favor de las propuestas de Obama, mientras que los demócratas eran mucho más escépticos. Como muchos economistas, dudaban del impacto real de ese tipo de acuerdos sobre la actividad económica y sobre todo temían que un aumento de la competencia desleal en términos fiscales y sociales contribuyese a seguir destruyendo empleo industrial en EE.UU. Y esa era también la opinión de Sanders, el candidato de la izquierda que perdió las primarias frente a Clinton.
Obama se salió con la suya, consiguió la autorización del Congreso y llego a un acuerdo con los otros 11 países del Pacifico. Pero entonces llegó el Comandante (Trump) y mandó parar, como dice la vieja canción revolucionaria cubana. Y Sanders ha aplaudido la decisión de Trump, porque él también la había propuesto en las primarias demócratas. No está tan clara pues la línea divisoria entre los dos partidos en esta materia, y la cuestión de la desglobalización seguirá dando mucho que hablar. Un viejo orden se rompe pero todavía no sabemos cuál lo va a substituir.
En 1917 los EE.UU. entraron en la I Guerra Mundial saliendo, para bien y para mal, de su aislacionismo y se convirtieron en una potencia imperial y gendarme mundial. Con Trump y la Rusia de Putin va a pasar lo contrario que con Nixon y China. Los EE.UU. se abrieron al gigante asiático, dormido y aislado, mientras continuaban la guerra fría con la Unión Soviética hasta ganarla. Ahora da la impresión que se embarcan en una guerra comercial con China al mismo tiempo que quieren establecer una estrecha relación política con la Rusia que Putin ha situado en el centro del terreno de juego mundial, salvando al régimen sirio de Al-Assad en las propias narices de los europeos, aliándose a la vez con Irán y con Turquía.
En lo que a China se refiere, nos queda el consuelo de que las guerras comerciales son menos peligrosas que las nucleares. Y ya verá Trump cómo resuelve la contradicción de ser a la vez el aliado de Rusia y el enemigo de Irán.
Pero con Trump se acaba el despliegue mundial de los EE.UU. iniciado hace un siglo. Para él, la primera receta para gobernar el país es dar absoluta prioridad a sus intereses. A partir de ahora, America first. Hay que proteger sus fronteras, sus empleos, sus fábricas. Y sus aliados tradicionales, léase los europeos, que han abusado de la generosidad de los EE.UU. aprovechándose de su protector paraguas, son secundarios. Es el fin de la “Pax americana”, que en muchas ocasiones ha tenido muy poco de pax y demasiado de americana, pero que ha moldeado el mundo hasta hoy. Y si además los desequilibrios comerciales deben corregirse a golpe de aranceles y barreras aduaneras, estamos realmente en el inicio de un nuevo capítulo de la Historia.
Un capítulo en el que es ahora Pekín quien defiende la globalización, el libre comercio y la lucha contra el cambio climático, que para ellos es un problema que ya se están tomando en serio como corresponde a quien quiere tener influencia internacional, con sus empresas lanzadas a la conquista del mundo como antes lo hicieron las multinacionales occidentales y con proyectos geoeconómicos y geopolíticos bajo el brazo como el de la “ruta de la seda” o su penetración en África.
Y mientras, en Europa estamos la mar de entretenidos con la gestión de un Brexit que la Sra. May ha presentado de forma belicosa. Y con la ayuda de Jeremy Corbyn, que ha cambiado la posición de los laboristas británicos con respecto a la libertad de movimiento de los ciudadanos europeos. Según Corbyn, “el laborismo construirá un Reino Unido mejor fuera de la UE”, reconociendo que la gente quiere ejercer la democracia y controlar la economía desde su propia casa. En otras palabras, nosotros solos nos lo montamos mejor solos. No es muy diferente del America first. En el fondo es el discurso de todos los nacionalismos, como el de los independentistas catalanes o del Norte de Italia. El discurso contrario al de la integración europea.
Consolémonos pensando que, al menos de momento, ningún país europeo parece querer seguir los pasos del Reino Unido, aunque algunos como Polonia y Hungría están en una situación de rebeldía con respecto a las instituciones europeas. Y la influencia de Trump es evidente en estos países. Vean sino lo que dice Orban, primer ministro de Hungría: “Con Trump se ha acabado el multilateralismo, hay que volver a la Europa de las naciones”. Mientras, la situación de Ucrania y las sanciones siguen siendo una espina en las relaciones entre Rusia y la UE y fuente de desacuerdos entres su estados miembros.
Pero tengamos bien presente que las citas electorales del 2017 marcarán el futuro de Europa, sobre todo las de Francia esta primavera y las de Alemania en otoño. Si Francia elige a un presidente claramente pro-europeo el motor franco-alemán puede volverse a poner en marcha. La incertidumbre es mucho menor en el caso de Alemania donde solo se discute si Merkel repetirá la gran coalición con un SPD en mínimos en las encuestas o podrá buscarse aliados de menor cuantía para complementar su mayoría.
Y por eso son tan importantes las primarias del partido socialista francés. Un proceso que les ha puesto al borde de la implosión porque el enfrentamiento entre Valls y Hamon es entre dos opciones irreconciliables de la izquierda. Un gran tema para comentar, antes o después de la segunda vuelta del próximo domingo, porque tiene mucho que ver con lo que pasa en nuestro propio país. Y parte del mundo nuevo que viene.
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