miércoles, 8 de febrero de 2017

LA PUGNA POR LA HEGEMONÍA EN PODEMOS

La pugna por la hegemonía en Podemos

En el proceso de la Asamblea Ciudadana de Podemos (Vistalegre 2), se están formando falsas e interesadas dicotomías en las que encajar las posiciones y los conflictos, ya difíciles de analizar. De entrada, conviene desechar el marco interpretativo habitual en los medios de comunicación próximos a la derecha o al partido Socialista. Habría dos polos, uno moderado (Errejón) y otro radical (Iglesias), pero lo problemático es el contenido dado a esas dos palabras y su función deslegitimadora. Moderación sería adoptar una estrategia posibilista de acompañamiento y subordinación al PSOE. Su lógica es la de responsabilidad institucional, reduciendo su función al maquillaje social del continuismo socioeconómico, institucional y territorial. Radicalidad sería el activismo social minoritario o extremista, sin capacidad de influencia política en beneficio para la gente. Leer +


La polarización moderación / radicalismo, con ese marco, reduce las alternativas a dos: posibilismo institucional dentro del consenso liberal-conservador de la austeridad y el autoritarismo, o idealismo extremista e inoperante y, en todo caso, de reafirmación estética y expresiva en círculos minoritarios. La conclusión es que no habría posibilidad de cambio: estás con el poder o eres marginal. Pero la realidad es que existe Unidos Podemos y las convergencias con más de cinco millones de votos y un proyecto transformador autónomo del bipartidismo.
Bases sociales para un proyecto transformador
La trayectoria de la ciudadanía activa española demuestra la conformación de un espacio político masivo y transformador, diferenciado del poder establecido, incluido el Partido Socialista gobernante, y con gran legitimidad cívica. Es más, los elementos fundamentales de la cultura y la actitud política democrática y progresista de esa corriente social ya se iniciaron en los años 2009 y 2010, frente a las consecuencias de la gestión regresiva de la crisis. Antes incluso de la expresión del movimiento 15-M y, por supuesto, de la existencia de Podemos que fueron exponentes de esa tendencia popular y que contribuyeron a consolidar y representar.
La percepción de unos poderosos con su ‘clase política’ al frente (los de arriba), así como la de un campo sociopolítico indignado con las políticas antisociales y con déficit democrático gubernamental (los de abajo, por supuesto con zonas intermedias e indefinidas) ya se detectaron por estudios sociológicos en el año 2010, entre ellos los Barómetros del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) de julio y octubre (tras los ajustes y la reforma laboral del Gobierno de Zapatero de mayo y junio y tras la huelga general del 29 de septiembre frente a ellos). Fue la primera gran constatación pública de la crisis de credibilidad social del Partido Socialista que, como se sabe, supuso el cese del mensajero, la presidenta del CIS, Belén Barreiro (aprovecho para felicitar públicamente y desearle éxito al recién nombrado Presidente del CIS, Cristóbal Torres, Director de mi Departamento de Sociología de la UAM).
La solución a la crisis socialista se llevó por delante a la vicepresidenta Fernández de la Vega, sustituida por Pérez Rubalcaba para, sin reorientar la estrategia política y económica gubernamental, hacer un esfuerzo de ‘comunicación’ para recuperar la confianza perdida de gran parte de su base electoral y neutralizar la dinámica de cambio. Y en ello está todavía la Gestora socialista, sin resultados de renovación política y recuperación electoral, y con un fuerte competidor (Unidos Podemos y las confluencias) al que desde el principio buscan reducir y marginar.
Pues bien, el marco de análisis de no reconocer y combatir esa realidad de un espacio político diferenciado lleva al pensamiento dominante en los medios a encajar el conflicto en Podemos dentro de esa bifurcación falsa entre esos dos polos. Así, es errónea la caracterización de Errejón y su equipo como pro-socialistas o favorables a la estabilidad del Régimen y su restauración. Igualmente, es una tergiversación acusar a Iglesias de radicalización como sinónimo de pensar solo en la agitación callejera y rehuir cualquier acuerdo con los socialistas. Casi toda la interpretación en los grandes medios de comunicación se somete a este esquema, del que sale beneficiada la imagen de Errejón, como líder sensato y negociador, y perjudicado el prestigio de Iglesias, como líder sectario e intransigente.
Ese análisis interesado parte de no admitir la existencia de un amplio campo sociopolítico y electoral con una dinámica transformadora autónoma, con un apoyo social relevante y con capacidad para condicionar la agenda y las medidas políticas. Por ello no entienden o no quieren reconocer los fundamentos sociales e históricos de este proceso político y la disponibilidad de una parte significativa de la gente progresista y de izquierdas por un cambio sustancial, socioeconómico, político y territorial.
Por tanto, existe una importante tendencia sociopolítica y electoral transformadora, democrática y social. Dentro de ese espacio o ese proyecto compartido hay matices y sensibilidades diversas dentro de Podemos y sus aliados. Pero hay que señalar lo específico y común del proyecto transformador y su diferenciación nítida del social-liberalismo de tercera vía como apéndice del neoliberalismo, o bien del ultra-izquierdismo minoritario que prácticamente no defiende nadie. Su carácter y su perfil están claros: progresista en lo socioeconómico y cultural, democratizador en lo político, institucional y territorial. Con valores de justicia social o igualdad y democracia, frente a la regresión social, la subordinación o precarización, así como contra el autoritarismo continuista y el reaccionarismo derechista, xenófobo, sexista y racista. La construcción de esa mentalidad y esa actitud popular deriva de su experiencia sociopolítica, de su diferenciación práctica y cultural con el poder liberal-conservador, con la solidaridad, las demandas y las ‘costumbres en común’ de mayorías sociales y con vocación de cambio político e institucional.
La pérdida de esta referencia de proyecto y base común, así como la influencia del marco interpretativo dominante, ha afianzado una lectura antagónica y sectaria de las diferencias internas en Podemos.
El delicado equilibrio de poder interno y el día después
Se ha producido una voluntad y determinación de contraposición de proyectos. El documento de Errejón y su equipo, sin entrar ni cuestionar formalmente el principal eje estratégico (compartido) de la oposición al pacto continuista de PSOE-Ciudadanos, descalifica la supuesta estrategia seguida por la dirección de Podemos e Iglesias como ‘resistencialista’, minoritaria o encerrada en la ‘izquierda’, sin aportar fundamentos diferenciados o grandes propuestas distintas. Todo ello contra la evidencia del documento de Iglesias que apuesta por la mayoría social y ganar las instituciones y se reafirma en la iniciativa de un Gobierno de progreso que ha boicoteado la dirección socialista. El interrogante es si, a pesar de la existencia de solo diferencias estratégicas parciales, va a haber capacidad unitaria de liderazgo y decisión colectiva para reconducir la confrontación derivada de esa polarización discursiva estratégica. La posibilidad de un compromiso posterior firme es limitada; el objetivo mínimo es pactar una tregua y reconducir el conflicto a medio plazo. La evidencia de la confrontación es clara. Los motivos y, por tanto, las posibilidades de acuerdo no tanto: condicionar o negociar aspectos analíticos, tácticos o de gestión política, así como un equilibrio razonable, según la representatividad de cada cual, en la gestión del poder orgánico.
Pero tras la demostración de fuerza de este proceso de confrontación y la posibilidad de conseguir la mayoría, es decir, la posición de ventaja o preponderancia en la definición estratégica y de poder interno, es difícil una completa pacificación. Se habrá vencido muy precariamente y además no convencido a la otra parte. La legitimidad de los ganadores (sean quienes sean) se deberá fortalecer con la negociación de la estrategia de un proyecto más compartido y la integración orgánica, evitando la marginación de los perdedores. Aun así, la reconstrucción de un clima de colaboración va a ser difícil.
Señalo un elemento significativo para explicar el desencadenante y la virulencia del conflicto. Entre las dos principales tendencias (representadas por Iglesias y Errejón), que antes conformaban el núcleo unificado y dominante de dirección, hay cierto empate representativo entre las personas inscritas y en las principales estructuras de dirección (Consejo de Coordinación y Consejo Ciudadano) y territoriales; incluso, según algunas fuentes, Errejón contaría con más apoyos en el grupo parlamentario y en el aparato central (con más de cien liberados). Es decir, el liderazgo de Iglesias tendría una estructura propia precaria que pretendería superar. El objetivo de Errejón es el contrario: tener mayoría respecto de la estrategia y en la dirección para controlar la orientación y la gestión política y organizativa, aun con Iglesias de Secretario General (cargo a la que éste, en ese caso, renunciaría).
La pugna por definir la opción estratégica más importante (el no apoyo al Gobierno continuista de PSOE-Ciudadanos) se vincula a la garantía de la legitimidad de las bases y el control de la mayoría de la estructura dirigente. La solución definitiva (a la que se sumó Errejón pero no alguna persona de su equipo), y que ahora se cuestiona, la proporciona el aval del 90% de los doscientos mil participantes en la consulta. Supuso el refuerzo interno de la estrategia y la dirección de Podemos, sometida a una gran campaña de acorralamiento institucional y desprestigio en los medios. Ahora, el documento de Errejón critica esa orientación general y exige un cambio de rumbo y de hegemonía orgánica.
Igualmente, las diferencias en torno a la propuesta de coalición electoral con Izquierda Unida, con reticencias del equipo de Errejón que ahora reproducen, se saldan con el acuerdo del 98% de los cien mil participantes.
Aunque hay síntomas de esa brecha antes del 20-D-2015 (por ejemplo, en el recambio de la dirección en el País Vasco) es a partir de los resultados electorales y la posibilidad de formación de un gobierno alternativo, cuando se produce el conflicto abierto en los dos campos interrelacionados. Por una parte, en la estrategia política: Gobierno de progreso presidido por Pedro Sánchez y composición y programa compartido con el PSOE, junto a oposición al continuismo del pacto de PSOE-Ciudadanos y a aceptar una posición subalterna. Por otra parte, pulso por el reequilibrio orgánico (crisis en la dirección de Madrid, con la dimisión en bloque del sector errejonista para conseguir mayoría, y cese del errejonista Secretario de Organización, Sergio Pascual).
La tensión soterrada y parcial durante todo el año pasado, se agudiza con el proceso de la Asamblea Ciudadana porque el resultado es más incierto y crucial: la conquista y legitimidad o no de la mayoría orgánica, con lo que supone de preponderancia en la orientación política y la hegemonía (aún sin exclusión del otro) de un sector u otro en el control del poder interno.
Podemos es mucho más transparente y democrático que cualquier otro partido político, especialmente los dos grandes (PP y PSOE) con responsabilidades institucionales y enormes aparatos y conexiones con el poder económico. El sistema de primarias, los códigos éticos y las comisiones de garantías ayudan a seleccionar y valorar las responsabilidades y evitar arbitrariedades y burocratismos. Pero son insuficientes y no siempre han acertado.
El control del poder interno condiciona su distribución y gestión, incluido el proceso de primarias y el reparto de posiciones institucionales en los ayuntamientos y gobiernos autonómicos. Es un campo muy apetecible y un motivo de tensión. Ahora y en los procesos territoriales en marcha se da un primer paso de pre-primarias respecto de la colocación grupal ante la expectativa de ampliar la ‘tarta’ en 2019 y 2020. En el caso de reducirla por un posible deterioro electoral agudizaría las decisiones derivadas de la pérdida de estatus organizacional y la búsqueda de responsabilidades, aparte de favorecer la disgregación política.
Por tanto, un factor a no desdeñar es la presión orgánica en los dos sentidos contradictorios. Por una parte, la dinámica unitaria que es la que mayoritariamente se intuye en la militancia como imprescindible para ampliar los resultados colectivos. Por otra parte, la tendencia hacia el reagrupamiento de lealtades por sensibilidades políticas o redes de influencia, según las garantías grupales para repartir y mejorar el estatus entre miles de aspirantes a cargos públicos, muchos ya instalados.
En una organización grande y compleja es inevitable la diversidad de intereses, estatus y jerarquías y la conformación de grupos de afinidad o tendencias. No es un problema de vieja o nueva política. Lo nuevo es extremar el respeto al pluralismo y la calidad democrática del acceso y seguimiento de esas funciones, atender a la proporcionalidad, la integración, la representatividad y el mérito objetivo. Y siempre estimulando la participación y el control de las bases y el movimiento popular, así como la supervisión imparcial de los tribunales internos o comisiones de garantías frente a los poderes ejecutivos.
El día después de Vistalegre 2 se verá si con los nuevos equilibrios políticos y organizativos se frena el sectarismo en la confrontación interna y se asegura la integración, se prioriza el proyecto común, se avanza en la articulación del conjunto de fuerzas del cambio y se afronta mejor la tarea de fortalecer un amplio movimiento popular y el cambio institucional de progreso. Es una responsabilidad y una tarea colectivas.
Antonio Antón. Profesor de Sociología de la Universidad Autónoma de Madrid. Autor de Movimiento popular y cambio político, UOC.
@antonioantonUAM
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