lunes, 13 de febrero de 2017

LOS HIJOS “ROJOS” DEL FRANQUISMO

Los hijos “rojos” del franquismo

Desde el golpe de estado de 1936 el franquismo se fue extendiendo por España hasta llegar a imponerse de forma oficial en todo el Estado. A partir de ese momento millones de personas serían sometidas a un régimen que prohibía pensar y tener una opinión que no fuese de acorde con la ideología del momento. Sin embargo, una imposición de ese calibre, no tendría mucho futuro si una gran mayoría de la población no aceptase como propio los principios, por llamarlo de alguna manera, que llevaron a Franco a sublevarse, pues tarde o temprano eso desembocaría en otra guerra.
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Todo ello lleva a una conclusión lógica, el adoctrinamiento desde la más temprana infancia, donde los niños procedieran de familia fascista o republicana eran educados en la religión y en los valores patrióticos, dejando de lado el rigor científico que caracterizaba a las escuelas hasta la época. Tal era el peso de la religión, que la educación pasó a estar controlada por la propia Iglesia Católica, donde toda persona que estuviera vinculada a ella adquiría un poder y una autoridad mayúscula que le otorgaba privilegios por parte del Estado. Y así eran educados los niños y los jóvenes que hoy son padres y abuelos, en la más absoluta obediencia al clero.
El hecho de ser hijo de una familia republicana era un gran problema para el régimen que intentaba por todos los medios separar el “trigo de la paja” dando a los niños en adopción a familias afines, incluso en muchos casos se producían robos de bebés si las monjas consideraban que la madre no era apta para tener ese hijo, es decir, si no seguía los principios de la Iglesia. En ocasiones los niños eran encerrados en cárceles con sus propios padres, en condiciones insalubres donde no había registro de internos y donde la capacidad de estos centros superaba con creces la máxima permitida. Si tenían suerte y sobrevivían, cuando cumplían una cierta edad, salían de la cartel y es entonces cuando la Iglesia se encargaba de su “reeducación”, pues según algunos psiquiatras del régimen, eran diagnosticados de una enfermedad llamada “eugenesia de la hispanidad”. Era común cambiar de identidad al menor donde adquirían nombres y apellidos que consideraban más católicos.
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Los testimonios de estas personas son desgarradores, pues narran los primeros recuerdos de sus vidas, donde sus verdaderos padres en ocasiones no se encuentran  en ellos: “No sé exactamente cuándo nací. Mi primer recuerdo es de una casa de la calle Ramón y Cajal, de Valencia. Me acuerdo de un hombre al que yo llamaba padre y que me cogía, me sentaba en sus rodillas y me tenía siempre revoloteando alrededor de él. Me sentía mimada, querida… Mi siguiente recuerdo es de un tren. Me acuerdo de sostener en la mano una banderita roja y amarilla, de asomarme a la ventanilla, de jugar con otros niños. Con tanto entrar y salir, ir de un sitio a otro, conocer a padres distintos, tener nombres distintos… Todo aquello se quedó en mi cabeza, de modo que desde que llegué a Herencia, a los siete años, hasta los 14, olvidé completamente quién era yo”.
El franquismo tenía muchas maneras de erradicar cualquier atisbo de descendencia “roja” de estos niños. Entre 1946 y 1975 empezaron a funcionar los llamados preventorios, unos centros dedicados a prevenir la tuberculosis, o al menos es lo que se vendía desde la propaganda franquista.
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Nada más llegar al edificio, sus vidas se convertían en un auténtico infierno, eso es lo que se relatan en las más de 200 denuncias procedentes de víctimas de estos  preventorios de toda España, caso que ha salido a la luz hace cinco años. Los menores eran obligados a cantar el cara al sol, rezar el rosario, comer comida en mal estado bajo las amenazas de tortura de las cuidadoras, que maltrataban tanto físicamente como psicológicamente a los niños. Les insultaban, les golpeaban, les quemaban sus genitales si se orinaban en la cama, les hacían correr desnudos bajo la nieve, incluso hay testimonios de abusos sexuales por parte de los curas, auténticas vejaciones que han marcado sus vidas hasta ahora.
En los años que llevamos de democracia no es de extrañar que haya personas que vivieron aquellos acontecimientos, que se sientan humilladas por un Estado que no es capaz de reconocer siquiera que estas víctimas existen o que el fascismo en este país llego hasta tal punto, que incluso los niños, a pesar de no tener ideología alguna, tuvieran que sufrir sus consecuencias. Las personas que hoy se erigen con la autoridad moral para decirle a esas víctimas cuando tienen que olvidar, se olvidan de que todos somos hijos del franquismo.
Autor: Oscar de Dios
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