martes, 7 de febrero de 2017

UN DÍA NEGRO PARA CATALUNYA


Un día negro para Catalunya


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Hoy, 6 de febrero del 2017, me parece un día negro para Catalunya: hemos fracasado, todos, estrepitosamente. Unos y otros, cada día más enconados, más alejados del realismo y más cerca del ridículo como pueblo. La convivencia será hoy más frágil que ayer, y con más días como hoy, la fractura está garantizada. Leer +

Quienes tienen la paciencia de leerme ya saben de qué pie cojeo: me siento cómodo en España, no la secuestrada por un cierto Madrid sino la plural, la de mis abuelos aragoneses, Machado y Gil de Biedma, libertad sin ira, libertad. Puede parecer una mierda de país y entiendo que haya catalanes dispuestos a luchar por un Estado nuevo. Aquí está el problema: no es sólo Madrid, somos nosotros, divididos en dos y cada vez más hartos del otro.
Hoy se juzga si inhabilitan a un expresidente de la Generalitat y a dos exconsejeras. Quiero recordar que sacaron pecho y sonrisa el 9-N, una consulta festiva ilegal que demostró a las claras las debilidades del independentismo. Sólo votaron uno de cada tres catalanes. Ahí empezó el desgarro interno. Quienes acusan a Madrid –con razón– de no escuchar ni dialogar son los mismos que no escuchan y menosprecian a una mayoría de catalanes –nos tratan, en el fondo, de malos catalanes– cuando ese día, no yendo a votar, enviamos un mensaje muy, muy democrático.
¡Ah, el pueblo! Cuando conviene, los políticos de Catalunya hacen lo que les pide el pueblo. Unos santos, vaya. Gobernar es algo más: exige criterio y, sobre todo, no contribuir con una irresponsabilidad monumental a complicar la vida de la gente.
¿Nadie se sonroja del espectáculo de hoy en clave nuestra? Reaparecen los autocares, símbolo del franquismo, y se insta a los funcionarios a coger un día libre para hacer la pelota al jefe y manifestar la adhesión inquebrantable a la causa, marcando así a los compañeros que acudan al trabajo. Si no es un tic totalitario, apaga y vámonos...
Yo tampoco me siento cómodo viendo a un expresidente de la Generalitat en el banquillo. Es penoso, aunque hubiese podido poner las urnas de otra manera: el “plebiscito” del 27-S y todos tan tranquilos. Ya está hecho, da igual. Ojalá la justicia le permita seguir su carrera, tan calamitosa: cómo destruir el partido vertebrador –y corrupto– de Catalunya en cuatro días.
Que Madrid es como es, ya lo sabemos muchos catalanes. Lo malo de este proceso es que está sirviendo para exhibir lo peor de Catalunya: un país vulgar donde una mitad escasa y poseída de la verdad absoluta desprecia al resto. Yo no quiero ser el palmero de Madrid, pero, por proximidad, mucho menos ser el palmero del soberanismo, y estoy harto de que la Generalitat dé la espalda al latido de las urnas y ahora apele a autocares y propaganda.
O el proceso acepta que le falta músculo o vamos a ser el hazmerreír de España. Ganas, claro, las tienen.
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