martes, 18 de julio de 2017

EL SOCIALISMO DEL PRESENTE DEBE SER FEMINISTA Y ECOLOGISTA

EL SOCIALISMO DEL PRESENTE DEBE SER FEMINISTA Y ECOLOGISTA

Señala Pepe Borrell, en su libro Los idus de octubre, que parece como si hoy tuviésemos una izquierda que es audaz, pero que no es realista (la izquierda a la izquierda de la socialdemocracia) y una izquierda que es profundamente realista, pero a la que le falta audacia (la socialdemocracia).
Efectivamente, vivimos con preocupación la crisis del socialismo europeo, ya que, salvo el Gobierno portugués, en el resto de países la izquierda parece deshilacharse sin mantener un discurso común, moviéndose entre el conformismo de una realidad pesada y asfixiante, con un marcado carácter de determinismo económico, que impide elevar la mirada más allá de lo “posiblemente correcto”. Nos encontramos con la preocupante situación del socialismo francés que, en otras épocas, servía como referente ideológico para marcar el rumbo europeo, o con los bandazos que se producen en las izquierdas alternativas (como la griega o la española con Podemos) que ni gobiernan con decisión ni dejan tampoco gobernar a una izquierda posible. Leer +


No nos encontramos ante una situación fácil y los retos a los que ha de hacer frente el socialismo en su conjunto son de gran complejidad. En primer lugar, porque su discurso tiene un componente “espacial” que nunca antes había existido, moviéndose en diferentes planos que van des de lo local a lo global, pasando por lo nacional y lo europeo. Discursos que a veces se contraponen con intereses enfrentados. ¿Cómo defender lo nacional y lo universal a un mismo tiempo, sin caer en el populismo o en la xenofobia?
Efectivamente, vemos que la crisis provocada por los valores conservadores rearma, paradójicamente, los valores más egoístas y endogámicos, en busca de una salida suicida que impide una visión internacional de conjunto, pues es más fácil el discurso de “la defensa de los nuestros” bajo criterios de identidad nacional y no de universalidad.
Así, bajo el paraguas del miedo y con consignas de egoísmo recalcitrante, se ha formado el discurso de la llamada “postverdad”, como si este término no fuera, ni más ni menos, que la mentira repetida tantas veces como haga falta. Y así se ha producido el Brexit o el triunfo de Trump.
No aporto nada nuevo a lo que tantas veces otros ya han analizado. Pero, ¿hacia dónde reafirmar hoy el socialismo?
Dentro de toda su complejidad, hay dos pilares sin los cuales no se entenderá el discurso de los derechos humanos y de la universalidad: el ecologismo y el feminismo.
Ya no se puede seguir hablando de economía sin hablar de nuestros recursos naturales, ni de la productividad y el crecimiento sin hablar de las consecuencias sobre el Planeta, ni seguir midiendo la riqueza con valores exclusivamente económicos sin valorar la contaminación, la pobreza energética, la erosión de los territorios, el cambio climático, o las condiciones de los océanos. Creo que aún no somos suficientemente conscientes que el ecologismo no es una cuestión alternativa, o de la progresía que se preocupa de la “flora y la fauna” antes que las personas (en un discurso claramente despectivo, que tantas veces he tenido que escuchar). Es que está en riesgo la supervivencia del Planeta, es que hablamos de nuestra casa, de nuestro “hogar”. Es que no es una broma el cambio climático, es que el aumento de las temperaturas en un planeta cada vez más pequeño para una superpoblación cada vez más numerosa y exigente, pero sin educarse en responsabilidades, ya no es ciencia ficción, sino que resulta nuestro drama humano.
Los seres humanos, convertidos en “pequeños dioses” con la capacidad científica y técnica que se abre a un mundo desconocido, debe aprender a ser responsable de sus actos, más allá de sus propios congéneres, también con la flora y fauna que conviven en su mismo mundo. Porque, al fin y al cabo, compartimos un maravilloso planeta.
Si esta es una de los pilares fundamentales, el otro me parece vergonzoso tener que mencionarlo en el siglo XXI: el feminismo.
Es la única revolución por el derecho de igualdad que no se le ve el final.
Desde los micromachismos a la cultura machista de determinados países donde la ley castiga el ser mujer, hoy no se puede ser socialista sin ser feminista.
Resulta preocupante que todavía sea una broma, un divertimento, o un juego salir de fiesta (sean San Fermines, Fallas, o cualquier otra fiesta popular) y que grupos de chicos (“La Manada”) salgan a divertirse violando a cualquier mujer, grabándolo en móvil y subiéndolo a las redes. El problema es que esto no estaba tipificado como violencia de género, porque era impensable que formara parte del divertimento de los jóvenes del siglo XXI.
¿Es un caso aislado? Lamentablemente no. Nos encontramos con cientos de pequeñas actuaciones diarias de micromachismos a las que no sabemos hacer frente. Pero lo preocupante es que la mujer sigue siendo asesinada por violencia de género en un número inasumible y que, año tras año, aumenta.
Y, aunque socialmente se penaliza, se castiga, se denuncia en los medios de comunicación, sigue habiendo algo que calladamente perdona esta violencia, o al menos, no la considera tan brutal como cualquier otro asesinato u homicidio. ¿Por qué?
Pero si elevamos la mirada y salimos del entorno de las mujeres occidentales que somos, ciertamente, afortunadas, y a veces, ni se comprende por qué protestamos tanto, vemos que hay lugares en el mundo donde ser mujer todavía es un castigo.
Si hablamos de violencia de género, una de cada tres mujeres experimenta agresiones físicas o sexuales en su vida. Pero solo dos tercios de los países tienen leyes contra la violencia, mientras que en 31 Estados no se juzga a los violadores si están casados o se casan con la agredida.
Entre cien y 140 millones de mujeres han sufrido la mutilación genital.
En cuestión laboral y económica, las mujeres ganan de media la mitad que los hombres, y todavía (salvo Islandia) no se conoce ningún país desarrollado donde no se produzca una brecha salarial entre hombres y mujeres.
Cada dos segundos una niña es obligada a casarse, 14 millones cada año. “Esta práctica hunde sus raíces en la pobreza, la desigualdad de género y la falta de protección de los derechos de la infancia”, explica Concha López, directora de Plan International en España.
De la pobreza y la desigualdad se desprende que siete de cada 10 pobres en el mundo son mujeres y, según la FAO, más del 60% de quienes pasan hambre en el mundo son féminas.
Y si no tenemos bastante, echemos un vistazo al país árabe más rico y la primera potencia de Oriente Próximo, Arabia Saudita. Podemos comentar algunas cosas que una mujer no puede hacer en Arabia Saudí: Desplazarse sin un pariente masculino; conducir; viajar; abrir una cuenta bancaria sin permiso de su marido; mostrar su belleza con la ropa o el maquillaje; darse un baño; relacionarse con hombres; practicar deportes a la vista de todos; probarse la ropa durante las compras; leer una revista femenina, que no haya pasado previamente por la censura; entrar en un cementerio; comprar una muñeca barbie, por ser provocativas.
Arabia Saudí es el mayor productor y exportador de petróleo, ocupa el puesto número 141, entre 144 países, en el último Informe sobre disparidad de género del Foro Económico Mundial, publicado el año pasado. Los derechos de la mujer son ignorados o no existen.
Pero el Consejo Económico y Social de la ONU eligió el pasado 19 de abril a Arabia Saudí como miembro secundario de la Comisión de la Condición Jurídica y Social de la Mujer para un período de cuatro años a partir de 2018.
Ya no me quedan más palabras ni argumentos. Sinceramente, no se trata de cuotas, ni de tratar bien a las mujeres, ni de ser educado o considerado, ni de una cierta benevolencia o indulgencia, ni de permitirnos un trozo del espacio público, ni de migajas o tolerancias, es que hay una revolución histórica, primaria, básica, necesaria, esencial, entre los dos sexos que todavía hoy, en el siglo XXI, no se ha realizado ni lleva camino de que consigamos algo tan “natural” y justo como: ser tratados como iguales.
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