sábado, 8 de julio de 2017

LA LEYENDA DEL TIEMPO

La leyenda del tiempo

https://www.paralelo36andalucia.com


El tiempo va sobre el sueño/hundido hasta los cabellos./Ayer y mañana comen/oscuras flores de duelo.
Federico García Lorca
Pilar González.-https://www.paralelo36andalucia.com
 Los relojes de arena son la imagen de los adverbios de tiempo. Ambos nos permiten entender los cambios que el transcurso de la vida genera en la realidad. En el fondo la vida es sólo eso: tiempo. Federico lo sabía, como sabía casi todo.  Leer +


A propósito de los 40 años de la restauración democrática y de los fastos celebrados para conmemorarla, hemos tenido ocasión de repasar un período de transformaciones claves para el país, para nuestra sociedad y para las personas que nos hemos hecho adultos en democracia.
Hace 40 años, para nosotros la vida eran los sueños. Había veranos azules durante la infancia, era el tiempo detenido, perfecto por la ausencia de límites. Era el tiempo de la belleza irrecuperable de la inocencia, cuando todo era, aún, posible. Mi memoria personal de aquel verano del 77 es el deleite de la vida pequeña, es la marinería de un barco pirata, con cuyo capitán nos juramentamos para hacer frente a las tempestades, mientras navegábamos a pedales en un embalse de dos mil años.
Ya no hay veranos azules. La madurez es la certeza de que naufragamos en algunas tempestades, el aprecio por la belleza como lo único que nos salva y la consciencia de los límites. Y el tiempo es el principal de todos ellos.
Si pudiéramos por un instante mirar la Transición desde dentro, en el momento en el que estaba ocurriendo, diríamos que el sueño va sobre el tiempo flotando como un velero. Y con el viento a favor, además. El sueño colectivo de libertad, democracia y justicia social era más fuerte que el tiempo, por eso nuestros mayores generaron cambios importantes.
Pero si volvemos a la realidad y la miramos desde nuestro ahora, es el tiempo el que va sobre el sueño hundido hasta los cabellos. El tiempo venció a aquel sueño. Y ahora vemos las cosas que entonces no vimos, los cambios que quedaron pendientes, las semillas que no pudieron abrirse y que se convirtieron en oscuras flores de duelo.
Sostiene Bauman en su ensayo más reciente, Retrotopía, que vivimos una epidemia global de nostalgia, un anhelo efectivo de una comunidad dotada de memoria colectiva, un ansia .de continuidad en un mundo fragmentado. El futuro se ha convertido en un escenario de pesadillas: terror a perder el trabajo, terror a perder la vivienda, terror a la pérdida de bienestar de nuestros hijos….
Ante un presente detenido en las dificultades que el estado no es capaz de resolver, ante un  gobierno varado en la corrupción, instalado en la estadística económica y paralizado por la falta de iniciativa para cambiar (o al menos mejorar) la realidad, los aniversarios  cumplen su función de conmemorar y distraer. Conmemorar las victorias que nuestros mayores soñaron  pone color en un presente oscuro. Y nos distrae de las dificultades y de los temores del futuro. El recurso a la nostalgia es siempre efectivo.
Para hacerle frente, sólo tenemos la lucidez del pensamiento crítico. Ese que se evita cuando las Humanidades desaparecen de la escuela. Ese que siembra la duda ante la máxima de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Y que concluye que no puede serlo objetivamente, todos los tiempos tuvieron su carga de fracasos. No puede serlo colectivamente, porque el juicio de valor sobre lo mejor o lo peor es una percepción individual. Podemos, no obstante, convenir que la Transición, estuvo repleta de las esperanzas de una sociedad que quería recuperar la libertad, la democracia y la justicia social. Pero en seguida hemos de reconocer que algunas de esas esperanzas se convirtieron en realidades y otras se frustraron.
Ese sería el análisis más serio: cuánto se consiguió y cuánto se perdió en el camino. Pero las opiniones se han centrado en la ausencia del rey emérito del acto conmemorativo celebrado en las Cortes. Que Juan Carlos I tuvo un papel relevante en aquel momento, está fuera de toda de toda duda.  Que se pasó de frenada en el uso y el abuso de su posición privilegiada también lo está, por eso tuvo que abdicar. Tal vez a los reyes les pasa como a muchos políticos, que no saben concluir su tiempo y abandonar la escena con la dignidad del silencio. Es lo que tienen las profesiones que son para toda la vida, salvo que en el siglo XXI todas y todos los que no somos reyes hemos aprendido que ya no hay profesiones para toda la vida.
Un rey ausente y otro rey presente. 40 años para que el jefe del estado asuma la definición del franquismo que hace mucho tiempo  la sociedad asumió: una dictadura. Un discurso real que hubiera sido plano, incluso inocuo, si no es por el error de la equidistancia entre los dictadores y sus víctimas utilizando, encima, los versos de Machado. Al poeta exiliado por republicano, fue la España de la victoria franquista la que le heló el corazón. No, no eran iguales las dos Españas. Y menos aún para las víctimas de una de ellas.
40 años para ser conscientes de los límites que tuvo aquella etapa histórica, para despojarla del oropel, para descubrir sus naufragios y ponerse a la faena de resolver lo que aún está pendiente porque hoy es el mañana de entonces.
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