sábado, 15 de julio de 2017

LAS DIFICULTADES PARA LA UNIDAD

Las dificultades para la unidad


Tres aspectos son significativos para avanzar en la unidad de las fuerzas progresistas. La insuficiencia de la solución nominalista, los obstáculos para una colaboración leal entre el Partido Socialista y las fuerzas del cambio y la necesaria y difícil consolidación de Unidos Podemos. Leer +


Una solución nominalista insuficiente
El asunto a tratar, en primer lugar, es que el cambio de esquema dicotómico de izquierda-derecha por el de arriba-abajo no resuelve el problema analítico y estratégico principal de la nueva realidad de la confrontación cívica frente a las derechas: definir la complejidad de la doble actitud de colaboración y confrontación de las fuerzas del cambio con una formación ambivalente como el Partido Socialista. La visión populista (y comunista) simplista de la polarización del nosotros / ellos, de los aliados / adversarios (o clase contra clase), presiona a colocar a la socialdemocracia en un polo o en el otro.
Pero la realidad es que pertenece a los dos y en determinados momentos y temas está en medio. La rigidez del esquema antagónico lleva al sectarismo o el aislamiento; la ingenuidad o el embellecimiento unitarista a la conciliación o subordinación. Ambas al desacierto y la inoperatividad. Lo habitual es que se den las dos cosas al mismo tiempo o sucesivamente y en distintos ámbitos. Aunque son condiciones distintas en el local (y autonómico) del nivel estatal (y europeo), más decisivo por las importantes competencias y las constricciones impuestas por los poderosos. Por otro lado, las dos actitudes aparecen combinadas entre la firmeza retórica e identitaria y el inmediatismo posibilista respecto de los avances de imagen hegemónica, lejos de la eficacia transformadora al servicio de la mayoría ciudadana.
No se trata solo de explicar la deseabilidad genérica de la cooperación y los costes de su no aplicación (la dificultad de implementar por separado un Gobierno de progreso, necesariamente compartido), aun partiendo del supuesto de un proyecto común (incompleto), el desalojo del PP del Ejecutivo. Se trata de valorar las características, diferencias y condiciones para conseguir ese objetivo concreto de un plan alternativo de progreso, con los obstáculos y la determinación política para su superación; y esa apuesta común es lo que todavía no está clara y hace falta construir.
El giro unitario principal por parte de Podemos (aparte de otros acuerdos municipales y autonómicos) ya se realizó tras el 20-D-2015, reconociendo su dirección la necesidad y su voluntad de construir un Gobierno de progreso, de cambio real, compartido con el Partido Socialista, aceptando la representatividad de cada cual y el carácter de posibles socios. Ello, combinado, sobre todo tras la defenestración de Sánchez y la gestión de la Comisión gestora, con la autoafirmación propia frente a la llamada triple Alianza, es decir, a la valoración del PSOE como adversario no como potencial aliado, cosa bastante realista entonces. Tras el Congreso del PSOE y la moción de censura a Rajoy es más creíble el emplazamiento mutuo a la colaboración.
Serios obstáculos a la colaboración leal
El proyecto del Partido Socialista, con el primer Sánchez, sabemos cuál fue: ante el emplazamiento unitario de Podemos, descalificado de diversas formas, su pacto continuista con Ciudadanos como fórmula para impedir un cambio sustantivo con un Gobierno de progreso, imponer su hegemonía política y desgastar a las fuerzas del cambio. Con la Comisión gestora simplemente ha sido el aval a la gobernabilidad de Rajoy con mayor prepotencia hacia ellas.
La nueva dirección socialista parece que quiere desarrollar, en primer lugar, su proyecto ‘autónomo’ para obtener mayor ventaja electoral a costa de Unidos Podemos y sus aliados, pero con una retórica de izquierdas en vez de una de confrontación total como en la anterior etapa o con Susana Díaz y el viejo aparato. Para, en segundo lugar, cuando exista ese nuevo reequilibrio representativo, imponer mejor sus nuevas condiciones programáticas, de alianzas y de gestión transversales con el centro liberal de Ciudadanos. Una opción creativa y adaptada a nuestro país de la solución Macron, con su gran Centro, junto con una exploración a la portuguesa de la que se coge un aspecto interesado: la exclusiva hegemonía gubernamental socialista, aquí irrealista y difícil.
De confirmarse ese plan, la dirección socialista perseguiría un beneficio propio a costa de un perjuicio político y estratégico para las fuerzas del cambio: imponer su plan socioeconómico, institucional y territorial y conseguir un reequilibrio político hegemonista. Aun con el cinismo de proyectar sobre Unidos Podemos y aliados la misma intencionalidad (incluso el victimismo ante el posible sorpasso) para justificar la propia lógica de debilitar al contrario. La competencia, por tanto, sería dura y cruenta por mucho que se haga con unos guantes de seda.
Aparte del proyecto conservador del PP, hay un proyecto alternativo claro, el de Unidos Podemos y convergencias, para hacer frente a los tres graves problemas de la sociedad –socioeconómico, institucional y territorial- y abrir una dinámica democratizadora y de justicia social. Falta por comprobar en qué consiste el indefinido plan del nuevo PSOE, hacia dónde se inclina y los puntos de acuerdo.
Como decía, sus objetivos iniciales no son caminar hacia un programa, alianza y cambio de progreso, con una actitud unitaria y leal con las fuerzas del cambio. Su posición es doble. Combina una retórica y gestos de ‘la izquierda’ para atraerse ese electorado, incrementar su hegemonía y desplazar a Unidos Podemos y sus aliados, junto con una ambigüedad estratégica sobre la alternativa de Gobierno, su programa y su composición, sobre los que deja caer que, manipulando la expresión, deben ser ‘transversales’… con el centro-derecha de Ciudadanos.
En el plano inmediato no buscaría sumar fuerzas sino que los otros pierdan comparativamente aumentando las distancias sobre ellos; el objetivo es ampliar su preponderancia. En el medio plazo busca un equilibrio a dos bandas, difícil de articular, pero es sí, siendo el eje hegemónico. Esa pretensión puede ser legítima, siempre que sea transparente, y la competencia se realice con métodos democráticos y sin utilizar otras ventajas adicionales, derivadas de su mejor colocación e intereses con el poder establecido. Pero los dirigentes socialistas no se comprometen a ello.
La dinámica alternativa tiene por delante una tarea compleja y fina: afrontar y hacer fracasar ese proyecto hegemonista del nuevo PSOE, un bipartidismo renovado, para reconducirlo de forma crítica desde el realismo; y, al mismo tiempo, crear las condiciones, junto con otros grupos de la sociedad civil, para pactar un cambio de progreso, unitario y compartido que garantice el avance en los dilemas fundamentales de las clases populares. Y, mientras tanto, avanzar en otros ámbitos institucionales y sociales, ayudando y vinculándose a la gente, y seguir empujando en la práctica y desde abajo por el cambio social y político de progreso.
La necesaria y difícil consolidación de Unidos Podemos
Por último, desde la dicotomía oligarquía-pueblo (o democracia), debería ser más fácil la valoración y la actitud de Podemos hacia Izquierda Unida y la consolidación de Unidos Podemos. Hay dificultades. Por un lado, es considerada la izquierda tradicional, partiendo de que no pertenece sino todo lo contrario al bloque de poder de los de arriba y han participado en la acción popular; por tanto, deberían ser tratados como aliados y no adversarios en ese marco dicotómico global de arriba-abajo.
No obstante, por otro lado, para algunos dirigentes de Podemos, a veces parece que son los adversarios principales. Por supuesto, son competidores en aspectos doctrinales, políticos y organizativos. Y han cometido errores (y aciertos) históricos y tienen una menor representatividad social y electoral. Pero el argumento utilizado tiende a asociarlos con el fracaso en la lucha contra la derecha: serían un lastre para ganar influencia social y conquistar mayorías ciudadanas, luego serían contraproducentes para avanzar en el cambio, y su persistencia favorecería el aislamiento social de las fuerzas del cambio y la continuidad de la derecha. Se valoran, así, rápidamente, no como un aliado sino como un adversario a debilitar, generando sectarismo. Por tanto, aquí se debería hablar mejor de debate, crítica y colaboración, no de competencia.
La constitución en España, y más en la Europa del Sur (incluyendo Francia y el Reino Unido), de un sujeto progresista y alternativo es fundamental para una estrategia de contención y cambio de la gestión liberal-conservadora del bloque de poder comandado por Merkel. La tarea unitaria en España de las fuerzas alternativas ya es difícil para articular Unidos Podemos y, además, configurar una dinámica integradora a partir de la complejidad de las distintas convergencias en España y la diversidad de las candidaturas municipalistas. Especial importancia tiene el desarrollo de Catalunya en comú y su impacto en el conjunto. Y todavía más en el plano europeo, desde la Syriza griega y el Bloque de Izquierda portugués hasta la Francia Insumisa o el Partido laborista británico, pasando por las distintas corrientes comunistas, eurocomunistas, verdes, socialistas críticos o populistas progresistas.
Se necesita temple y claridad pero, sobre todo, dinámicas compartidas por objetivos comunes. Y acertar con la doble actitud respecto de la socialdemocracia. Es inevitable cierta pugna competitiva interna de discursos, teorías y liderazgos, así como la tensión por la hegemonía política, organizativa y estratégica de las diferentes corrientes. La solución no viene de la polarización de discursos sino de la práctica colectiva, de la solidaridad en la conformación de un campo propio frente al adversario global. Y por el debate con argumentos, talantes y prácticas democráticas y transparentes.
Antonio Antón. Profesor Honorario de Sociología de la Universidad Autónoma de Madrid.
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